Se facilitan a continuación algunas declaraciones del Arzobispo Marcel Lefebvre que dejan en claro su parecer y sentir respecto a las conversaciones que debería mantener la Hermandad Sacerdotal de San Pío X con la Roma modernista desde las consagraciones episcopales de 1988 hasta su muerte.
«Los diálogos y encuentros con el Cardenal Ratzinger y con sus colaboradores, aunque hayan tenido lugar en una atmósfera de cortesía y caridad, nos convencieron de que aún no había llegado el momento de una colaboración franca y eficaz (…). Teniendo en cuenta el rechazo a considerar nuestras peticiones, y siendo evidente que el objetivo de esta reconciliación en absoluto es el mismo para la Santa Sede y para nosotros, juzgamos preferible esperar tiempos más propicios al regreso de Roma a la Tradición. Es por esto que nos dotaremos de los medios para proseguir la obra que la Providencia nos confió (…). Continuaremos rezando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva a ser la Roma católica y reencuentre su Tradición bimilenaria. Entonces, el problema de la reconciliación perderá su razón de ser, y la Iglesia encontrará una nueva juventud».
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- Declaración pública sobre El motivo de las Consagraciones episcopales de 30 de junio de 1988:
«(…) Para salvaguardar el sacerdocio católico, para que continúe la Iglesia Católica, y no una Iglesia adúltera, es necesario que haya obispos católicos. Debido a la invasión del espíritu modernista en el clero, que llega hasta las más altas cimas dentro de la Iglesia, nos vemos obligados a llegar a la consagración de obispos (…). El día que el Vaticano sea liberado de esta ocupación modernista, y vuelva al camino seguido por la Iglesia hasta el Vaticano II, nuestros obispos estarán enteramente en las manos del Sumo Pontífice, aceptando la eventualidad de no seguir ejerciendo sus funciones episcopales».
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- El Mandato Apostólico leído por el Arzobispo Lefebvre en la ceremonia de las Consagraciones Episcopales de 30 de junio de 1988:
«Este mandato, lo tenemos de la Iglesia romana, siempre fiel a la Santa Tradición que recibió de los Apóstoles. Esa Santa Tradición es el depósito de la Fe, que la Iglesia nos manda transmitir fielmente a todos los hombres, para la salvación de las almas.
Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, las autoridades de la Iglesia romana están animadas por el espíritu del modernismo; actúan contrariamente a la Santa Tradición: “Ya no soportarán la sana doctrina (…). Habrán de apartar los oídos de la verdad, aplicándolos a las fábulas”, como dice San Pablo en la segunda epístola a Timoteo (IV, 3-5). Es por esto que consideramos sin ningún valor todas las sanciones y todas las censuras de esas autoridades.
En cuanto a mí, cuando “ya me ofrecí en sacrificio y ya llegó el momento de mi partida”, oigo la llamada de esas almas que piden que les sea dado el Pan de Vida que es Jesucristo. Tengo lástima de esa multitud. Constituye, pues, para mí una grave obligación transmitir la gracia de mi episcopado a los amados padres que están aquí, para que puedan, a su vez, conferir la gracia sacerdotal a otros clérigos, numerosos y santos, instruidos según las santas tradiciones de la Iglesia Católica.
Es en virtud de ese mandato de la Santa Iglesia romana, siempre fiel, que escogemos para el episcopado en la Santa Iglesia Romana a los padres aquí presentes, como auxiliares de la Hermandad Sacerdotal San Pío X».
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- Sermón del día de las Consagraciones Episcopales, 30 de junio de 1988:
«Nos encontramos ante un caso de necesidad. Hicimos todo lo posible para conseguir que Roma comprenda la necesidad de volver a la actitud del venerado Pío XII y de todos sus predecesores. Hemos escrito. Hemos ido a Roma. Hemos hablado. Enviamos cartas, Monseñor de Castro Mayer y yo mismo, muchas veces a Roma. Intentamos, con esas conversaciones, con todos los medios, hacer comprender a Roma que del Concilio para aquí, desde este aggiornamento, este cambio producido en la Iglesia no es católico, no es conforme con la doctrina de siempre. Este ecumenismo y todos estos errores, esta colegialidad, todo eso es contrario a la Fe de la Iglesia y está destruyendo a la Iglesia. Es por esto que nosotros estamos persuadidos de que, realizando estas consagraciones hoy, obedecemos a la llamada de estos Papas y, por consiguiente, a la llamada de Dios, porque ellos representan a Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia.
Y ¿por qué Monseñor –me dicen- interrumpió estas conversaciones que parecía que aún podían tener algún éxito? Porque (…) nos pondríamos en sus manos y, por consiguiente, en las manos de aquellos que nos quieren reconducir al espíritu del Concilio y al espíritu de Asís: esto no era posible. Es por eso que envié una carta al Papa diciéndole claramente: “no podemos; a pesar de todos los deseos que tenemos de estar en plena comunión con ustedes. Visto este espíritu que reina ahora en Roma y visto que queréis comunicárnoslo a nosotros, preferimos continuar en la Tradición, guardar la Tradición, esperando que esta Tradición reencuentre su lugar entre las autoridades romanas, en el espíritu de las autoridades romanas”.
Este estado de cosas durará el tiempo que el Buen Dios previó, no me cabe a mí saber cuándo encontrará la Tradición sus derechos en Roma, pero pienso que es mi deber poner los medios para hacer aquélla que llamaré operación supervivencia, operación supervivencia de la Tradición. Hoy, en este día, se realiza la operación supervivencia. Y si yo hubiera hecho esta operación con Roma, continuando los acuerdos que habíamos firmado y siguiente la ejecución de esos acuerdos, yo habría realizado la operación suicidio».
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- De la entrevista concedida a Fideliter Nº 66, noviembre-diciembre de 1988:
«No tenemos la misma manera de entender la reconciliación. El Cardenal Ratzinger la ve en el sentido de reducirnos, de llevarnos al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición. No nos entendemos. Es un diálogo de sordos.
No puedo hablar mucho del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Sin embargo, si vivo un poco todavía y suponiendo que de aquí a determinado tiempo Roma nos llame, que quiera volver a vernos, retomar el diálogo, en ese momento sería yo quien impondría condiciones. Ya no aceptaré estar en la situación en la que nos encontramos durante las conversaciones. Eso terminó.
Yo presentaría la cuestión en el plano doctrinal: ¿Estáis de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que os precedieron? ¿Estáis de acuerdo con la Quanta Cura de Pío IX, con la Inmmortale Dei y la Libertas de León XIII, con la Pascendi de Pío X, con la Quas Primas de Pío XI, con la Humani Generis de Pío XII? ¿Estáis en plena comunión con estos Papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptáis todavía el juramento antimodernista? ¿Estáis a favor del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo?
Si no aceptáis la doctrina de sus antecesores, es inútil que hablemos. Mientras no aceptéis reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que os precedieran, no hay diálogo posible. Es inútil. Las posiciones quedarían, de este modo, más claras.
No es pequeña cosa lo que nos enfrenta. No basta con que se nos diga: pueden rezar la misa antigua, sino que es necesario aceptar esto. No, no es solamente eso lo que nos enfrenta, es la doctrina. Está claro».
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- Homilía del 19 de noviembre de 1989 (60º aniversario de la ordenación del Arzobispo Lefebvre):
«(…) Por lo tanto, en esta situación, está claro que, para nosotros, es imposible mantener contactos regulares con Roma, porque hasta ahora, Roma pide que, si recibimos algo, cualquier indulto para la Santa Misa, la liturgia, para los seminarios, debemos hacer nueva Profesión de Fe redactada por el Cardenal Ratzinger, en el último mes de febrero. Ella contiene la aceptación explícita del Concilio y de sus consecuencias.
Necesitamos saber lo que queremos. Fue el Concilio, y sus secuelas, lo que destruyó la Santa Misa, destruyó nuestra Fe, destruyó los catecismos y el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo en la sociedad civil. ¿Cómo podemos aceptarlo? Mis queridos hermanos, ante esta situación; ¿qué haremos? Debemos mantener la fe católica, para protegerla con todos los medios».
